Transform your living spaces with our expert building team. We create projects tailored to your vision.
ISNOS
“Huellas Imborrables en la Memoria”
“No hay distancia que separe un amor sincero. Por las huellas imborrables que dejaron en nuestras vidas, estarán por siempre en nuestra memoria y jamás pasarán al olvido”
En el municipio de Isnos, en la Institución educativa José Eustasio Rivera, sede Miguel de Cervantes Saavedra, se construyó el tercer mural de la Ruta de la Memoria y la Reconciliación denominado: “HUELLAS IMBORRABLES EN LA MEMORIA”. Esta obra fue realizada en el marco del proceso restaurativo del Caso 03 – Subcaso Huila, relacionado con los asesinatos y desapariciones forzadas presentados falsamente como “bajas en combate” por agentes del Estado, dentro del proceso que adelanta la Jurisdicción Especial para la Paz – JEP.
El mural constituye un escenario de encuentro restaurativo entre quienes padecieron el daño y quienes hoy comparecen ante la justicia. Entre el 26 y el 30 de enero de 2026, diez (10) comparecientes máximos responsables y 5 familias, participaron en un ejercicio de cocreación colectiva, orientado artísticamente por el maestro Omorlain Ramírez y conceptual y metodológicamente por el Observatorio Surcolombiano de Derechos Humanos Paz y Territorio – OBSURDH, en articulación con la Sala de Reconocimiento de Verdad y de Responsabilidad, despacho del magistrado Alejandro Ramelli de la JEP. Fue un proceso de reconocimiento, trabajo compartido y contribución restaurativa al territorio.
“HUELLAS IMBORRABLES EN LA MEMORIA”. entrelaza arte, memoria y paisaje. El mural de Isnos se estructura a partir de una serie de escenas que recrean el paisaje rural del territorio y la vida cotidiana de quienes fueron víctimas, integrando figuras humanas en distintas actividades que permiten comprender, desde lo simbólico, las trayectorias de vida de las víctimas y los contextos en los que vivían. Estas figuras, responden a las descripciones realizadas por las víctimas sobre sus familiares, quienes se desempeñaban en labores del campo, el comercio local y el arte callejero.
En el extremo derecho, el paisaje se abre con la presencia imponente de la naturaleza: la vegetación abundante, los frutos rojos del café y una caída de agua que representa al imponente Salto de Bordones. Allí también se encuentra el “doble yo” una figura escultórica megalítica del Alto Magdalena, que ancla la escena en la memoria ancestral, estableciendo un diálogo entre pasado y presente.
Avanzando hacia el centro, aparece la presencia del Sagrado Corazón de Jesús, la cual introduce una dimensión espiritual que acompaña toda la composición. Este símbolo refleja las creencias que han sostenido a las familias en medio del dolor, funcionando como expresión de fe, consuelo y esperanza.
En este mismo sector se desarrolla un paisaje cafetero, donde se ubican un recolector de café descansando bajo un árbol y dos jóvenes que transitan por un camino rural que atraviesa los cultivos, llevan los implementos propios de la cosecha y el radio, como elemento recurrente que evoca la música, la información y la compañía en medio de las jornadas, sin embargo, los radios están rotos, en representación de lo que se rompió en las familias que perdieron a sus seres queridos, de las vidas arrebatadas y los sueños destrozados. En el fondo, una casa campesina refuerza el sentido de arraigo, pertenencia y resiliencia familiar.
El árbol de Cachingo, de gran tamaño y en el centro, no solo organiza la composición visual, sino que también enmarca estas escenas humanas, funcionando como punto de encuentro y reflexión. Bajo su sombra se configura una escena de resguardo, descanso y restauración para quienes aportaron en su construcción.
Hacia la zona central del mural se configura una escena representativa del municipio: un trabajador agrícola realiza el corte de caña de azúcar utilizando herramientas tradicionales. Su postura inclinada y el gesto corporal evidencian el esfuerzo físico propio de esta labor.
En el lado izquierdo del mural se observa una imagen de mercado campesino y unas canchas de tejo, donde varias personas participan en actividades de intercambio y comercialización de productos agrícolas. Varias de las víctimas fueron extraídas con engaños y promesas de las plazas de mercado. La suculenta, representa la resiliencia de la víctima sobreviviente que persiste en su lucha por la verdad y la justicia, como testigo vivo de lo sucedido.
Muy cerca de esta imagen, se incorpora de manera destacada la figura de la “estatua humana”, caracterizada por su postura firme y por sostener rosas en sus manos. Aunque la imagen remite a prácticas artísticas urbanas, en el mural adquiere un significado profundo: simboliza a uno de los jóvenes víctimas que fue atraído mediante promesas de trabajo en un contexto de vulnerabilidad. Su presencia introduce una ruptura simbólica en el paisaje rural, conectando lo urbano con el territorio y evidenciando las dinámicas de engaño que dieron lugar a las ejecuciones extrajudiciales.
La paloma blanca en vuelo refuerza el sentido de paz y reconocimiento que atraviesa toda la obra.
En conjunto, el mural propone una narrativa que parte de la vida para llegar a la memoria, y de la memoria para aportar a la verdad y a la justicia. La ausencia de representaciones explícitas de violencia no implica su negación, sino una decisión ética y simbólica de centrar la dignificación en las trayectorias de vida, en los vínculos y en aquello que fue significativo para las víctimas, haciendo del paisaje un escenario de memoria dignificante.
El mural de Isnos es, en esencia, un acto colectivo de dignificación y reconocimiento. Cada símbolo ha sido construido desde la voz de las víctimas y sus familias, y en diálogo con quienes hoy comparecen ante la justicia. De esta manera, el mural se consolida como un espacio donde la memoria se hace visible, donde la verdad encuentra formas de expresión simbólica y donde la justicia restaurativa se materializa en el territorio como compromiso con la no repetición.
El mural de Isnos no es solo una obra artística: es un acto colectivo de reconocimiento. Cada símbolo fue pensado, sentido y compartido por las víctimas, convirtiendo el muro en un espacio donde el dolor encuentra forma, donde el recuerdo se vuelve público y donde la memoria se siembra para que nunca más se repita la violencia.






















































